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martes, 30 de noviembre de 2010

CHILAQUILES TELETON

Para empezar debo decir que me tengo absolutamente prohibido ver el Teletón, porque aunque no tenga un peso partido por la mitad, acabo donando hasta los chones, ayudando a Televisa y a otras empresas millonarias a evadir impuestos.

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La última vez que vi el Teletón, estaban narrando la historia de un niño de 13 años, que llamaremos B. El era brasileño y no podía mover los brazos ni las piernas, y sin embargo, jugaba fútbol trepado en un cochecito tipo “avalancha”. B jugaba y reía con Lucerito y enseñaba algunas suertes a Marco Antonio Regil, los conductores del

Teletón.

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Su historia iba que sus padres no tuvieron dinero cuando B nació para operarlo ni rehabilitarlo, por lo que ya era demasiado tarde, pero B aprendió a vivir con su discapacidad y ahora era un niño feliz con muchos amigos, y que viajaba por todo el mundo haciendo campaña y pidiendo donativos para que otros niños nacidos con su misma discapacidad, tuvieran la oportunidad de crecer con sus brazos y piernas funcionales. Yo desde luego lloré y lloré y doné y doné hasta que me quedé dormida pensando en qué haría yo si tuviera un niño como B.

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A la mañana siguiente, bajé por un vaso de agua tipo 6am, y cuando subía las escaleras de regreso, escuche un ronquido en la sala. Yo sabía que estaba sola, por lo que mi corazón comenzó a palpitar a mil por hora. En mi cabeza comenzó una lucha de película de terror de Pedro Fernández entre voltear y no, ya saben, en el cine al idiota que voltea o al que dice “separémonos” es al primero que se echan. Peeeeeero ganó mi instinto chismenino y me di la vuelta.

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Como en una película de dimensión desconocida, B estaba plácidamente dormido en uno de los sillones, junto con su padre, que también había salido en la tele la madrugada anterior. Yo me tallé los ojos y me bebí el agua de un sorbo pues no podía creer lo que veía, sin embargo, cuando abrí los ojos, el dinosaurio todavía estaba ahí, es decir, B aún estaba ahí dormido como angelito con todo y su cochecito deslizador.

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-¡Pero… pero si ni doné tanto! –pensé desconcertada.

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Yo no quise despertarlos, sin embargo, comencé a escuchar ruido en el patio trasero, así que decidí asomarme, con suerte me encontraría al Regil en paños menores, uno nunca sabe, es cosa de los sueños; porque aún dudaba si estaba bien despierta o era uno de esos sueños donde sueñas que estás dormido soñando y que cuando despiertas aún sigues dormido hasta que suena la verdadera alarma del algún reloj.

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Pero ahí estaba vivito y coleando mí hermano, corriendo de un lado al otro del patio como pollo sin cabeza, mordiéndose las uñas y arrancándose los pelos.

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Resulta ser que mi hermano trabajaba en televisa y fue “convocado” como voluntario para asistir a los invitados del Teletón. Con tanto movimiento de estrellas y de personas con necesidades especiales, el baboso perdió la clave de confirmación del vuelo de regreso a Brasil de B y su padre y el avión los dejó. El siguiente vuelo salía hasta las 12am pero iba lleno. Mi hermano, como siempre, estaba sin un centavo, pues todo se lo gastaba (o se lo gasta, ya no sé) en alcohol y juegos de XBox, por lo que no tuvo más opción que llevarlos a la casa.

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B y su padre se morían de frío y de hambre y como mi hermano y yo vivíamos solos y no nos llevábamos nada bien, casi nunca había nada en el refri ni en la alacena. Sin embargo, al ver su cara de “tengo en mi casa a Cleto ahora donde lo meto” decidí ayudarlo.

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Yo- Tú dedícate a arreglar el vuelo y yo veo que les preparo de comer y cómo los entretengo.

Hermano- Gracias, te juro que te debo una.

Yo sonriendo y respirando hondo hondo- Me debes ya varias…

Hermano- sí, sí ok, pero ésta nunca la voy a olvidar, de verdad, gracias.

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Fui a la cocina y lo único que encontré fue una bolsa de Doritos nachos y dos botellas de salsa la Costeña (una roja y una verde) y una lata de media crema Nestlé que apenas se había vencido hacía una semana.

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Yo pensé, tortillas + salsa + crema = chilaquiles, así que vacié todos los ingredientes en una olla y cuando estuvieron calientes los serví con un poco de crema y 10 gramos de queso rallado, que habían sobrado de los sopes de la noche. El platillo quedó como para foto de menú de Sanborns.

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Todos nos sentamos a la mesa y comenzamos a atacar los chilaquiles nachos. Debo decir que indiscutiblemente son los chilaquiles más maravillosos del planeta, si Dios (y Sabritas) ya se tomaron la molestia de cortar las tortillas en triángulos perfectos, freírlas, secarlas y aderezarlas, ¿por qué no aprovecharlas? En ese momento nacieron mis ahora famosos “chilaquiles Teletón” que siempre que hago son aplaudidos y alabados.

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El desayuno estuvo genial y B y su padre se devoraron los chilaquiles. Platicamos, hermanamos, cantamos, reímos y después hasta jugué fútbol con B hasta que fue hora de que mi hermano los llevara al aeropuerto para tomar su nuevo vuelo.

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El padre de B envió una carta al jefe de mi hermano agradeciendo las “espectaculares atenciones recibidas durante su estancia en México” y el exquisito desayuno proporcionado por el voluntario F y su “encantadora hermana” (osea yo) y la asistencia en el problema del vuelo que al final, según sus palabras, resultó una desafortunada maravilla.

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Yo de mi hermano recibí un “por lo menos les hubieras puesto pollo a los chilaquiles, van a pensar que somos pobres”, pero yo estaba tan extasiada por la experiencia, que apliqué lo que acababa de aprender de B, me volví una convenenciera de la vida, solo veo, leo, escucho y guardo lo que me conviene y me hace feliz, todo lo demás lo mando a mi carpeta de SPAM interior y asunto arreglado.

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P.d. Aún conservo la taza del Teletón que me regaló B y cada vez que tomo café recuerdo ese evento con mucho cariño, maravillada de lo espectacular que es la vida y lo poquito que necesitamos para ser felices.

P.d.2. Aún dono dinero al Teletón porque siento que algo ayudará a los niños, pero definitivamente ya no veo la televisión.

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Mantra de la semana: Debo tener cuidado con lo que pido porque se puede hacer realidad, debo tener cuidado con lo que pido porque se puede hacer realidad…

martes, 23 de noviembre de 2010

EL CHIP MALDITO

Como dice mi amiga C, esto de la tecnología es recio pal campesino, y sí, resulta que estamos en la era de los chips y los passwords, nada parece funcionar sin ellos, los cajeros, los teléfonos, las computadoras, los coches, los refris y yo estoy segura que hasta el cerebro de una que otra persona… ejem… sin ofender.
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El caso es que ahora en mi gimnasio es O-B-L-I-G-A-T-O-R-I-O comprar un maldito chip de 500 pesos que se programa con el nivel de esfuerzo personal, repeticiones, alcance, nivel de grasa, peso, estatura y creo que hasta la frecuencia con que tenemos relaciones sexuales, porque sí, el sexo quema muchas calorías o por lo menos eso dicen los nutriólogos modernos que por supuesto deben de ser hombres.

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El maldito chip es un pedacito de plástico de 5 cms x 3 cms que a primera vista parece inofensivo, es más, si uno lo viera tirado en la calle ni siquiera se molestaría en recogerlo, de hecho, es casi un hecho que lo pisaríamos sin notarlo, pero… adentro del gimnasio cobra un poder insospechado, es como la criptonita de Superman, que a primera vista es nomás un pedazo de piedra verde, aunque pensandolo bien, es como los nacos de las cadenas de los antros, que en el día son seres comunes y corrientes (más corrientes que comunes diría yo) pero de noche AGARRATE, se transforman en los “Dioses de la cadena” decidiendo el futuro de los comunes mortales con la simple frase: “Tú entras pero tus amigos no” o peor, al reves; yo me imagino que así debe ser San Pedro en la puerta del cielo, un cadenero ojeis que debe de estar tan ocupado que ni siquiera tendrá tiempo de leer los currículums de las personas que están formadas esperando entrar al paraíso, seguro los deja entrar si su túnica está limpia, sus alas pachonas y su arpa afinada, en fin, yo estoy ahorrando para comprarme una túnica Chanel, por si…

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El caso es que a diferencia de los cadeneros, el chip no responde al clásico parpadeo sexy de las mujeres, no se le puede sobornar, no se le pueden regalar botellas o chocolates, ni siquiera se puede tener una conversación razonable con él, si no vienes, tienes falta y se acabó la discusión; me recuerda mucho al reloj checador de mi ex trabajo.

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Pero eso no es todo, además no deja socializar, es un tirano, en cuanto una comienza a platicar con la de junto o a bajar el nivel de esfuerzo, el maldito le anuncia al mundo por medio de un foco amarillo que se enciende flasheando como alarma de banco, que una se está haciendo güey, alertando a la instructora a venir a jalarnos la oreja y gritarnos “más arriba, más rápido, más fuerte, más ritmo, más duro, más, más, más”.

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Hace una semana que ya nadie se saluda, apenas nos miramos con un levísimo asomo de sonrisa y sudor en la frente, me pregunto, ¿qué habrá pasado con el reflujo de M? ¿Finalmente habrá servido el jugo de nopal, rábano y limón?, o si el marido de J finalmente le compró una camionetota más grande que la que le compró a su secretaria, o si F se habrá podido ligar al mesero de Play City que tanto le gusta… estos y otros asuntos vitales que se discutían ampliamente en el gimnasio, ya nunca los sabré.

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Una vez que finalmente acabamos con la rutina de ejercicios, debemos dirigirnos al cómplice número 1 del maldito chip, LA COMPUTADORA CENTRAL. En ella se inserta el chip en una ranura especial y con un bip, bip, bipppppp, avisa a todos que se están descargando los resultados del ejercicio que realizamos y que se diagraman en una silueta de mujer. Entonces el maldito chip entra en acción de nuevo, chismosa y lastimosamente; los oblicuos laterales (a saber qué demonios son esos y para qué sirven) los ejercitaste únicamente al 86% de su capacidad, el esternoscleidomastoideo izquierdo al 67.3% de su capacidad, la nalga derecha la ejercitaste al 76.5%… pues muy mis esternoscleidos y muy mis nalgas ¿que no? Allá yo si parezco payasito de semáforo, muy mi gusto.

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Me dan ganas de gritarle que el cliente soy yo y que yo pago por venir al gimnasio porque “me gusta” o porque “quiero” y que YO SOY SU AMA, pero me da vergüenza convertirme en una de esas locas vagabundas que andan por ahí hablando solas o gritándole a los árboles y a los pájaros vestida con pantuflas y calcetines envuelta en una bata rosa que en algún tiempo fue pachoncita… Lo cierto es que estoy segura de que en algunos años los vagabundos y vagabundas callejeras del mundo le gritarán a los chips imaginarios y se negaran a darles su password a los enemigos inexistentes con los que ahora pelean.

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Yo por lo pronto haré una página de Facebook que diga: Todos los que estén en contra de que los chips gobiernen al mundo y a nuestros traseros, digan me gusta, y pensaré firmemente en cambiarme de gimnasio a uno menos tecnológico, dónde le puedas decir a la instructora que te torciste el tobillo por culpa de los nuevos y fabulosos tacones Prada (cuando en realidad tienes una cruda de tu tamaño) y cómo te entiende perfectamente, te de chance de no hacer sentadillas o que te de recomendaciones de cómo bajar de peso con la dieta del melón, la pechuga de codorniz o la orinoterapia… En fin…

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Mantra de la semana: Por mi estabilidad emocional, sólo debo acercarme a los chips de Barcel, por mi estabilidad emocional sólo debo acercarme a los chips de Barcel…

martes, 16 de noviembre de 2010

EL SEÑOR DEL NÚMERO 40

Es muy simpático vivir en una ciudad tan alocada, tan cosmopolita, tan grande y porque no decirlo, tan insegura como la nuestra. Sin embargo, este caos puede esconder experiencias y joyas que normalmente no viviríamos si no tuviéramos que andar poniendo atención en cada persona que se nos va a acercar a menos de 10 metros de distancia, de cada bache que hay en la calle, de cada crucero, de cada callejón oscuro y de cada gobernante… ejem, eso estuvo de más, ok.

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El caso es que aunque entro a trabajar a las 9am y por un atajo que H tuvo a bien enseñarme (yo juro que H fue taxista Hindú en su vida pasada) hago 15 minutos a la oficina. De cualquier manera debo salir a las 8 EN PUNTO de mi casa o el crucero de viaducto es materialmente imposible de pasar, casi como querer entrar al metro Balderas en hora pico en viernes de quincena previo a un puente, lloviendo como si los ángeles sufrieran incontinencia, con los microbuses en huelga, partido del América o del Cruz Azul en puerta y manifestación del SME, uff.

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Llegando a la Guadalupe Inn, me estaciono en una callecita junto a la oficina exactamente a las 8:15 y de esa hora a las 8:55, escucho las noticias, leo, o si me desvelé por uno de esos embotellamientos (ya ni tengo que explicar de cuales ¿verdad?), me duermo un rato, incluso llevo conmigo a “la babosa” una pequeña almohada de Mexicana de Aviación (que en unos años, si no se resuelve el conflicto valdrá una fortuna en Ebay) que ha estado conmigo más tiempo que H incluso.

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Justo donde siempre encuentro lugar, porque se lo pido al universo, que a veces no está ocupado y me hace caso, viven 3 ardillas que se la pasan correteando por las palmeras y los cables de luz, brincan de una rama a otra, de una azotea a otra y de una barda a otra. Ayer una de ellas se sentó en el cofre de mi coche a comer sus... lo que sea que coman las ardillas. Yo traté de no moverme y no respirar muy fuerte para poder observarla, lo cual duro 3.3 segundos porque como en toda ciudad escandalosa, paso el GAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSS asustando a JLo, así la llamo porque tiene una cola enorme y me recuerda a Jennifer con sus abrigos de piel odiados por PETA.

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A las 8:55 camino hacia la oficina y antes de llegar, en el número 40 siempre está sentado en la puerta de su casa, el señor grrrrrrrr, meciéndose en una silla de ratán muy elegante. Él es un caballero de antaño, de aproximadamente 85 años que viste impecable; zapatos bicolor, pantalón perfectamente planchado, camisa blanca, chaleco a juego con el saco de pana con parches en los codos, una boina guinda y una pipa que jamás he visto prendida.

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Siempre lo saludo y lo único que dice es grrrrrrrr o a veces mmmmnrrhtmg. Yo sé que sí habla pues lo he escuchado hablar con las ardillas. Talvez no hable conmigo porque no tengo una cola enorme ni pantalones de piel para lucirla, en fin…

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El Señor grrrrrr observa quien pasa y quien no pasa y permanece inmóvil como una estatua de Don Quijote, cuidando a su dulcinea, es decir, la señora “aja”, (así responde ante cualquier pregunta o afirmación) y quien asumo es su esposa.

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El único momento en que el señor grrrrrrrr se mueve de su lugar, es cuando viene el cartero; en ese momento, cierra su puerta y se sienta junto a la ventana de la cocina, que tiene un letrero en cartulina que dice “Correo aquí”. Entonces pone las manos con las palmas hacia arriba para cachar las cartas que el cartero le tira por la ventana. Pasados 30 segundos, el señor grrrrrrr vuelve a su puesto de vigilancia, viendo pasar la vida tranquilamente, siempre elegante, siempre estático, siempre gruñendo.

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News flash: El proyecto en el que trabajaba terminó, por lo que vuelvo a formar parte de las estadísticas del desempleo. De cualquier manera, el mágico mundo de 9 a 6, reloj checador, cronogramas, time tables, diagramas de flujo, tablitas comparativas, etc., no es muy lo mío, o no lo sé, no me dio tiempo de averiguarlo.

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El cierre de operaciones fue tan inmediato que sólo me dio tiempo de agarrar mis galletas Marías, mi Clight de Limón, el muñequito de Shrek que me saqué en unas donas, y mi IPOD, antes de que “bajaran la cortina”; lo que voy a extrañar es recibir cada 15 días una lana puntual sin depender de nadie ni de nada, pero sobre todo lamentaré no haberle sacado ni una palabra al señor grrrrrr, ni siquiera una leve sonrisa tipo Monalisa, nada, en otra vida será…

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Sólo espero que el señor grrrrrr deje de ser un espectador inmóvil y se convierta en actor, de hecho, ojala se convierta en el actor principal de su película de vida; yo siempre he creído que NUNCA es tarde para hacer, aprender, practicar o conocer algo, como dicen por ahí, “El show debe continuar” y esto no se acaba, hasta que se acaba.

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Mantra de la semana: Lo único seguro en la vida, es que nada es seguro, lo único seguro en la vida es que nada es seguro…